Se trata este de un cuento popular de la India, que se utiliza para mostrar varias enseñanzas diferentes. La que más me interesa a mí es la que nos permite reflexionar sobre cuál es la verdadera naturaleza de las cosas, sobre si como seres humanos podemos acceder a la realidad tal como es o solo a un mapa, más o menos ajustado, preciso y funcional, sobre cómo es esta realidad.

Hace más de mil años, en el valle del río Brahmanputra, vivían seis sabios ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era de todos el más sabio.

Un día decidieron conocer lo que era un elefante, cómo era. Tomaron al joven Dookiram como guía, que los adentró en la selva puestos en fila, uno tras otro, asidos a una larga cuerda que los unía. No habían andado mucho cuando de pronto, al adentrarse en un claro luminoso, se encontraron con un gran elefante tumbado sobre su costado apaciblemente. Mientras se acercaban el elefante se incorporó, pero enseguida perdió interés y se preparó para degustar su desayuno de frutas que ya había preparado.

Los seis sabios ciegos estaban llenos de alegría, y se felicitaban unos a otros por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema y decidir cuál era la verdadera forma del animal.

El primero de todos, el más decidido, se abalanzó sobre el elefante preso de una gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas hicieron que su pie tropezara con una rama en el suelo y chocara de frente con el costado del animal.

¡Oh, hermanos míos! –exclamó- yo os digo que el elefante es exactamente como una pared de barro secada al sol.

Llegó el turno del segundo de los ciegos, que avanzó con más precaución, con las manos extendidas ante él, para no asustarlo. En esta posición en seguida tocó un objetos muy largo y puntiagudo, que se curvaba por encima de su cabeza. Era uno de los colmillos del elefante.

¡Oh, hermanos míos! Yo os digo que la forma de este animal es exactamente como la de una lanza curvada… sin duda, esta es.

El resto de los sabios no podían evitar burlarse en voz baja, ya que ninguno se acababa de creer los que los otros decían. El tercer ciego empezó a acercarse al elefante por delante, para tocarlo cuidadosamente. El animal ya algo curioso, se giró hacía él y le envolvió la cintura con su trompa. El ciego agarró la trompa del animal y la resiguió de arriba a abajo notando su forma alargada y estrecha, y cómo se movía a voluntad.

Escuchad queridos hermanos, este elefante es más bien como… como una larga serpiente.

Los demás sabios disentían en silencio, ya que en nada se parecía a la forma que ellos habían podido tocar. Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos que le molestaban. El sabio prendió la cola y la resiguió de arriba abajo con las manos, notando cada una de las arrugas y los pelos que la cubrían. El sabio no tuvo dudas y exclamó:

¡Ya lo tengo! –dijo el sabio lleno de alegría- Yo os diré cúal es la verdadera forma del elefante. Sin duda es igual a una vieja cuerda.

El quinto de los sabios tomó el relevo y se acercó al elefante pendiente de oír cualquiera de sus movimientos. Al alzar su mano para buscarlo, sus dedos siguieron la oreja del animal y dándose la vuelta, el quinto sabio gritó a los demás:

Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano. Y cedió su turno al último de los sabios para que lo comprobara por sí mismo.

El sexto sabio era el más viejo de todos, y cuando se encaminó hacia el animal, lo hizo con lentitud, apoyando el peso de su cuerpo sobre un viejo bastón de madera. De tan doblado que estaba por la edad, el sexto ciego pasó por debajo de la barriga del elefante y al buscarlo, agarró con fuerza su gruesa pata.

¡Hermanos! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera.

Ahora todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera del elefante, y creían que los demás estaban equivocados. Satisfecha así su curiosidad, volvieron a agarrarse a la cuerda y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa.

Una vez sentados bajo la palmera que les ofrecía sombra y les refrescaba con sus frutos, retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante, seguros de que lo que habían experimentado por ellos mismos era la verdadera forma del elefante.

Seguramente todos los sabios tenían parte de razón, ya que de algún modo todas las formas que habían experimentado eran ciertas, pero sin duda todos a su vez estaban equivocados respecto a la imagen real del elefante.

Solemos reír, con cierta condescendencia y cariño, de algunas ocurrencias infantiles. Sabemos que su Lógica de Acción, la manera en la que dan significado o sentido a lo que les ocurre y experimentan, está distorsionada o inacabada por su inmadurez. Y solemos asumir que esto queda solucionado al convertirnos en adultos, que entonces vemos las cosas tal como son, sin distorsiones. Al menos entre los adultos “sanos” y “bien formados”.

¿Pero es esto ciertamente así? ¿Somos seres realmente acabados y completos que perciben con certeza lo que las cosas realmente son cuando alcanzamos la edad adulta?

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