Buena suerte o mala suerte… ¿Quién sabe?

Caballos salvajes

Quizá sea esta la historia con la que más disfrutan Lucía y Matías, mis queridos hijos. Al menos es la que con más entusiasmo repiten su “estribillo” cuando se la cuento. Es una historia china que aparece en el “Sádhana, un camino de oración” del jesuita indio Anthony de Mello.

¿Cuál es su mensaje? Que cada uno saque el suyo. El del autor, sacerdote católico, va más en la línea de encomendarse a Dios por lo que nos ocurre en nuestra vida, sin aferrarnos a lo que en un principio parecen las cosas. Él es sabio.

En mi opinión, la historia nos habla de que muchas veces, ante los eventos o situaciones de nuestra vida, nos hallamos en una insoportable impotencia, incomprensión y desasosiego. Lo bueno quisiéramos agarrarlo con todas nuestras fuerzas para no dejar que escapara nunca; de lo malo huimos como sea o, en el caso de que no podamos, nos llena de angustia, ansiedad y rechazo. Es difícil conservar la paciencia cuando algo duele y difícil mantener la serenidad cuando algo nos llena y hace felices. Nos movemos al son de los acontecimientos como marionetas de la vida y nos olvidamos de algo tan fundamental como que lo único que quedará siempre conmigo soy yo mismo; el resto no es más que experiencia pasajera. Esta historia nos enseña también a no victimizarnos ante las circunstancias, no aferrarnos a los resultados esperados y a aceptar como normal el fluir de la vida. Dice así:

Érase una vez un anciano labrador que tenía un viejo caballo para cultivar sus campos. Un día, el caballo escapó a las montañas. Los vecinos del anciano labrador se acercaron a su granja para condolerse con él, y lamentar su desgracia, y le decían: ¡Qué mala suerte que tu único caballo se ha escapado! A lo que el sabio anciano les replicó: ¿Mala suerte o buena suerte,  quién sabe?

Unos días más tarde, el caballo volvió de las montañas trayendo consigo una manada de caballos salvajes, tantos que casi no cabían en la granja. Entonces los vecinos acudieron a felicitar al labrador diciéndole: ¡Qué buena suerte que tu caballo regresó y además trajo consigo un montón más! A lo que este les respondió: ¿Buena suerte o mala suerte, quién sabe?

Cuando el hijo del labrador intentó domar uno de aquellos caballos salvajes, este lo tiró al suelo y y se rompió una pierna. Todo el mundo consideró esto como una desgracia, por lo que fueron de nuevo a decirle al anciano: ¡Qué mala suerte, que tu hijo se ha roto la pierna! A lo que el viejo labrador se limitó a decir: ¿Mala suerte o buena suerte, quién sabe?

Una semana más tarde, el país entró en guerra y fueron reclutados todos los jóvenes varones que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del labrador con la pierna rota obviamente lo dejaron tranquilo y se libró de ir a la guerra. ¿Fue eso buena suerte?, ¿O fue mala suerte?… ¿¡Quién sabe!?