El reloj del granjero

Silhouette of a farmer with a pitchfork collecting hayRecuerdo que en mi época como director de recursos humanos, antes de 2008, una de las competencias que mis jefes y colegas me reconocían con frecuencia era la habilidad para hacer entrevistas de selección de personal. La verdad es que lo de la selección de personal nunca me entusiasmó demasiado, entre otros motivos porque me parece una lotería lo de predecir el desempeño futuro de una persona, su encaje en un conjunto de complejas circunstancias, a partir de unas pocas y relativamente breves conversaciones donde se escruta su pasado y presente.

En cualquier caso sí que reconozco que con el tiempo llegué a desarrollar una capacidad notable para escuchar a los candidatos y, sobre todo para su desdicha, para poder permanecer en silencio durante momentos bastante largos durante la entrevista. Ello solía tener un inquietante impacto en ellos que por lo general les animaba a compartir conmigo más información de la que en principio era su intención. Ahí empecé a darme cuenta del poder del silencio.

Sobre el silencio y la escucha plena hay una fábula, el reloj del granjero, que a veces comparto con clientes en los seminarios que imparto.

Había una vez un granjero que perdió su reloj en una montaña inmensa de paja que tenía en su granero. No era un reloj cualquiera. Se trataba de una pieza única y de gran calidad heredada de su bisabuelo y que él tenía el firme compromiso de regalar a su hijo para continuar la tradición.

Después de buscar con ansia en la paja durante interminables horas se dio por vencido y pidió ayuda a sus vecinos de las granjas cercanas. Más de 30 personas, entre hombres, mujeres y niños se pusieron a buscar el reloj entre la paja. Buscaron sin parar durante horas y no encontraron nada. Ya al caer la noche, cuando el granjero estaba casi dispuesto a tirar la toalla, un pequeño chico le dijo que él lo encontraría. Que solo tenían que dejarlo solo y alejarse todos del granero.

El granjero lo escuchó con incredulidad y con una mezcla de ternura y cierta condescendencia. Si ni él ni todos los vecinos juntos, incluido ese chico, habían podido encontrar el reloj, cómo iba a ser capaz de encontrarlo él solo. Pero llevado en parte por la desesperación y en parte por ser amable con el niño, accedió a darle una oportunidad.

Y así fue cómo aquel niño, una vez que todos se habían alejado del granero, entró en él y tras unos pocos minutos salió satisfecho con el reloj en la mano. El granjero, feliz, no lo podía creer y abrazando al chico le preguntó: ‘¿cómo lo has conseguido?’

Y el chico le contestó: ‘no he hecho nada más que sentarme en el suelo, quedarme en completo silencio durante un minuto y escuchar con todos mis sentidos. Y en medio del silencio pude oír y sentir el débil tic-tac del reloj, indicándome dónde se hallaba’.

Son varios las enseñanzas que podemos extraer de esta historia. Una, sin duda, el valor de la humildad, el respeto por los demás y el no subestimar a nadie. Otra, la importancia de pedir ayuda y el valor de la colaboración. Sin embargo, como apuntaba arriba, yo la utilizo más para una tercera enseñanza: resaltar la importancia del silencio y de la atención plena.

Hace algunos años leí una entrevista a Peter Senge donde decía que el verdadero diálogo incluye el silencio y que uno de los retos de nuestra civilización, y particularmente de nuestras empresas, de nuestros equipos y comités de dirección, es desarrollar la capacidad para sentarse juntos en silencio. Solo con la práctica consciente del silencio podemos acceder realmente a descubrir quiénes somos y a una auténtica conexión con los demás.

Dice mi querido amigo y experto en mindfulness, Enrique Simó, que una mente tranquila y serena puede pensar mejor que una mente siempre activa. Y nos invita Enrique a darle a la mente unos minutos de silencio cada día para ayudarnos a crear una vida con más plenitud.

Sobre el silencio y la práctica de la meditación o del mindfulness también publiqué esta entrada en la que reseñé un delicioso librito de mi tocayo Pablo d’Ors llamado precisamente ‘Biografía del silencio’.

Sé feliz, P.

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¿Dónde está la llave del verdadero liderazgo?

Old KeyEl desarrollo del liderazgo es una actividad que se fundamenta en el desarrollo de la conciencia de uno mismo, el auto-conocimiento, y en el compartir ese trabajo con otros, buscando solaz y apoyo. Facilitar este trabajo con líderes es lo que configura gran parte de mi actividad como coach y facilitador de programas de formación.

Este es un cuento que comparto regularmente con clientes en esa actividad profesional. Nasrudín es un personaje, un mulá o maestro, que protagoniza alrededor de unos 400 cuentos de la tradición Sufí, rama mística del Islam. Los que yo conozco, unas decenas, son breves, divertidos y siempre con mensajes claros y profundos que apelan a casi cualquier ser humano. Este dice así:

Una noche muy tarde Nasrudín se encuentra dando vueltas alrededor de una farola, mirando hacia abajo. Y entonces pasa por allí un vecino:

– ¿Qué estás haciendo Nasrudín? ¿Has perdido alguna cosa? –le pregunta.
– Sí, estoy buscando mi llave.
El vecino se queda para ayudarle a buscar. Después de un rato, pasó una vecina.
-¿Qué estáis haciendo? -les pregunta.
– Estamos buscando la llave de Nasrudín.
Ella también quiere ayudar y se pone a buscar. Luego, otro vecino se une a ellos. Juntos buscan, buscan y buscan. Y habiendo buscado durante un buen rato acaban por cansarse y uno de los vecinos dice:
– Nasrudín, hemos buscado tu llave durante mucho tiempo, ¿estás seguro de haberla perdido en este lugar?
– No, dice Nasrudín.
– ¿dónde la perdiste, entonces?
– Allí, en mi casa.
– Entonces, ¿por qué la estamos buscando aquí?
– Pues porque aquí hay más luz y mi casa está muy oscura.

 

Esta historia la utilizo para poner de manifiesto a los clientes con los que trabajo cómo la mejora personal, el desarrollo de su liderazgo, implica el buscar en la oscuridad del interior del ser humano. El auto-conocimiento, el desarrollo de la conciencia de uno mismo, es la base del crecimiento como líder y, en definitiva, como ser humano.

Y yendo más allá, no solo hay que indagar en lo profundo del ser, en nuestra esencia, en nuestras motivaciones internas e íntimas, en nuestras fortalezas y debilidades, en lo que da sentido a lo que hacemos y a nuestra vida, en nuestras aspiraciones y anhelos, en las dudas que nos asaltan, en los valores que guían nuestro comportamiento… Además, hay que compartirlo con otros, con nuestros equipos si somos directivos, buscando el apoyo que otras personas nos pueden dar.

El problema es que esto supone un excesivo nivel de escrutinio y vulnerabilidad, más allá del que muchos líderes pueden resistir o soportar. Cada vez son más los líderes que están de acuerdo en teoría con esta línea de pensamiento. Pero siguen siendo pocos los dispuestos a practicarla y a resistir el duro trabajo personal que conlleva. Y, sin embargo, este trabajo es lo que separa a los líderes excelentes, aquellos que triunfan, de los líderes mediocres, que fallan una y otra vez.

Entre los directivos es mucho más atractivo dedicar tiempo a la estrategia, al marketing, a las finanzas o a la gestión de las operaciones. Son capaces de dedicar gran energía y largas jornadas a estudiar y trabajar esos aspectos. En definitiva, en buscar la llave junto a la farola donde hay luz. Y descuidan el verdadero trabajo que ningún líder puede obviar, porque ahí dentro, en casa, está demasiado oscuro. La clave del éxito no está en superar nuestros defectos, en eliminar nuestras dudas y temores. Eso es imposible.

La clave del éxito radica en indagar en ellos y en compartirlos con otros buscando apoyo, para poder gestionarlos con eficacia y construir relaciones poderosas y fructíferas. Es algo que no se consigue de un día para otro. Es un trabajo que dura toda la vida, es un proceso constante, turbio, lleno de paradojas y contradicciones. Y a la vez también es un proceso inevitable, uno que los grandes líderes acometen con entusiasmo y denuedo.

Sé feliz, P.

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Así son los hechos

Así son los hechos

Así son los hechosPedro y Pablo nacieron el mismo año. De hecho se conocieron porque coincidieron en el servicio militar.

Conectaron enseguida porque ambos quedaron huérfanos siendo muy pequeños y se criaron en un orfanato. Además ambos estuvieron en el campo de batalla porque la guerra empezó cuando les quedaban pocas semanas para licenciarse. Aunque en diferentes destinos, las coincidencias continuaron. Ambos fueron heridos, uno de un arma de fuego y el otro por metralla de un explosivo. Ambos conocieron a sus parejas estando en el hospital recuperándose de sus heridas.

Ambos salieron adelante con sus familias durante la postguerra, prosperaron y llegaron a tener 3 hijos. A ambos se les murió uno de esos hijos. Ambos gozaron de buena salud y llegaron a conocer a sus nietos. A ambos se les murió su pareja cuando ya estaban jubilados y la vida parecía resultar más relajada y placentera.

Y en esas que tuvieron la oportunidad de encontrarse de nuevo tras muchos años sin verse. Y estuvieron hablando durante horas.

Uno decía:

Mi vida ha sido muy dura y horrorosa.  Me quedé sin padres siendo un niño pequeño y del orfanato pasé al ejercito y a la guerra, donde me hirieron. Aún hoy me duele esa maldita herida. La postguerra me arrebató a un hijo. Me esforcé año tras año para tener una vida digna y cuando por fin lo había conseguido, me quitan a mi esposa. Aún no sé qué hago aquí. Creo que toda mi vida ha sido como una maldición.

Y el otro, tras escucharle con atención, le dijo:

Siento que hayas tenido tan mala suerte. Mi vida no ha sido tan mala. Sobreviví al accidente mortal de mis padres. Corrí tu suerte en filas, pero me siento afortunado, porque todos los que iban conmigo el día en que fui herido perdieron la vida. De hecho gracias a ese terrible suceso pude conocer a mi esposa, a la que he podido amar durante más de 40 años y junto a ella conseguimos sacar adelante a nuestros dos maravillosos hijos. Aunque ella ya no esté sigo teniéndolos a ellos y a mis nietos. Y aquí estoy bastante bien gracias a mi buena salud, que siempre me acompañó. Creo que toda mi vida ha sido como un milagro.

Aquel día ambos se fueron a la cama pensativos. Ambos tardaron en conciliar el sueño y pensaban en cómo habían sido los hechos de su vida.

¿Cuáles son los hechos de tu vida? ¿Son inmutables o son revisables? Seguro que  puedes encontrar algo de tiempo para pensar en ellos.

Sé feliz, P.

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Estrellas de mar

Las estrellas de mar

Estrellas de mar

“Las estrellas de mar”, es un conocido y tradicional cuento sufí que utilizo de vez en cuando tanto en procesos de coaching como en los programas de liderazgo que imparto. Hacía tiempo que quería compartirlo aquí en el blog y por alguna razón hoy es un buen día para hacerlo.

Había una vez un escritor que tenía una casa a orillas del mar, en una enorme playa virgen, en la que pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para sus libros. Era un hombre inteligente y culto y con sensibilidad para las cosas importantes de la vida.

Una mañana bien temprano mientras paseaba a orillas del océano vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a coger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar.

El hombre le preguntó al joven qué estaba haciendo. Y este le contestó:

– ‘Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y en cuanto salga el sol y empiece a calentar morirán todas’.

Dijo entonces el escritor:

– ‘Pero esto que haces no tiene sentido; primero de todo que ese es su destino, morirán y serán alimento para otros animales; pero es que además hay miles y miles de estrellas por toda la playa; nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas’.

 El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas mientras exclamaba:

 – ‘Para esta… sí tiene sentido’.

El escritor se marchó un tanto desconcertado y turbado. Ese día no encontró la inspiración para escribir y por la noche no durmió bien; soñaba con el joven y con estrellas de mar siendo lanzadas por encima de las olas. A la mañana siguiente se levanto más pronto aun, salió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar estrellas de mar…

¿Cuáles son las estrellas de mar hoy en tu vida? ¿Qué tendría sentido hacer? ¿Cuándo empiezas?

Sé feliz, P.

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La rana y el agua hirviendo

Rana y agua hirviendo

Se trata esta de una conocidísima fábula para mostrar nuestra dificultad de adaptación a los cambios incrementales; aquellos que no son súbitos. Incluso se dice muchas veces que está basada en probados experimentos. Hay dos autores, realmente solventes (a ambos los considero maestros), que la publican en dos de sus libros: Primero fue Peter Senge en La quinta disciplina y, algunos años más tarde, Manfred Kets de Vries la incluyó en Life and Death in the Executive Fast Lane.

Si echamos una rana en una olla con agua hirviendo (a veces dicen agua muy caliente), esta salta inmediatamente hacia fuera y consigue escapar. En cambio si ponemos una olla con agua fría (a veces dicen temperatura ambiente) y echamos una rana esta se queda tan tranquila. Y si a continuación empezamos a calentar el agua poco a poco, la rana no reacciona sino que se va acomodando a la temperatura hasta que pierde el sentido y, finalmente, morir achicharrada.

La fábula está bien para transmitir un par de enseñanzas. Primero, nuestra capacidad para observar una situación problemática gana mucho si somos capaces de tomar distancia y observarla “desde fuera”. Y segundo, existen proceso lentos y graduales que amenazan nuestra supervivencia (satisfacción, felicidad…) y que no somos capaces de identificar a tiempo.

Ahora bien, la fábula no deja de ser eso, pura ficción, que no deja en muy buen lugar a las ranas, y que se le debió ocurrir a algún consultor experto en cambio, a quien seguramente le sirvió para sensibilizar a algunos de sus clientes y que se ha propagado a la velocidad de la luz.

¿Por qué ha sido así? Pues porque en el fondo la fábula es una fantástica metáfora, sencilla y gráfica, de algo que realmente nos ocurre a los seres humano, tanto como individuos como en equipos y organizaciones: tendemos a acomodarnos en lo conocido, en la zona cómoda o de confort, y llegamos a negar incluso que permanecer ahí limita nuestras posibilidades, nuestra felicidad o realización o incluso nuestra supervivencia. Y digo más, ello se produce tanto ante cambios incrementales del entorno o nuestras condiciones, como también en el caso de cambios súbitos. Los ejemplos pueden ser infinitos:

  • Permanecemos en un empleo a pesar de que nos limiten nuestras responsabilidades, posibilidades de aprendizaje, de promoción o de satisfacción. Personas que nunca aceptarían un empleo con esas características, se aferran a él a pesar de que, poco a poco, de modo progresivo, van entrando en una situación como la descrita.
  • Nos aferramos a nuestra pareja tras 10 años de convivencia, a pesar de que pesa 20 kilos más que cuando lo conocimos, padece alopecia, ya no le dirigimos la palabra más que para discutir y sus intereses e inquietudes se parece a los nuestros como un huevo a una castaña.
  • Esa empresa, pequeña o grande, aquí el tamaño sí que no importa, que ve cómo lentamente sus márgenes se van estrechando, que poco a poco va perdiendo clientes, y sin embargo siguen tratando de hacer lo que siempre han hecho en el pasado, lo que saben hacer, aunque eso ya no sea suficiente.

¿Por qué nos ocurre esto, realmente? Pues porque la mayoría de los humanos funcionan bajo el paradigma “Problema-Reactivo”. Y lo utilizamos para protegernos del peligro y de las amenazas. Se trata de un paradigma que tiende a alejarnos de lo que no deseamos (problemas, obstáculos, amenazas…). Lo que queremos es volver “a la normalidad”, a que las cosas sean como antes del problema o amenaza. Es una cosmovisión guiada por el miedo, a que nos ocurra algo o a que nos deje de ocurrir, donde la ansiedad juega un papel central. Solemos tomar acciones (o no tomar) que lleven a reducir nuestro nivel de ansiedad, aunque ello no resuelva realmente el problema o no nos conduzca al futuro que deseamos.

Y además le llamo paradigma para transmitir la idea de que es una cosmovisión del mundo, de la vida. Y por tanto es envolvente y difícilmente la sometemos a cuestión. Si alguien sugiere algo así, como un servidor hace ahora, suele ser descalificado por iluminado, manipulador, frívolo o, simplemente, imbécil.

¿Cuál es la alternativa? Pues cuestionar ese paradigma, esa cosmovisión y adentrarse un proceso difícil y largo (toda la vida) de transformación personal (y, por tanto, también organizativa) para poder funcionar bajo el paradigma “Resultado-Creativo”. En esta cosmovisión la energía para actuar (o no) no viene del miedo o de la reducción de la ansiedad, sino del amor, del deseo de querer conseguir algo que nos haga sentir plenitud. Desde ahí es posible conseguir resultados extraordinarios de modo sostenible. Este paradigma o cosmovisión es la base en el desarrollo del liderazgo y, en general, la base para conseguir vidas plenas y satisfactorias, guiadas por un propósito y por una visión de lo que realmente anhelamos.

Sé feliz, P.

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Los seis ciegos y el elefante

Se trata este de un cuento popular de la India, que se utiliza para mostrar varias enseñanzas diferentes. La que más me interesa a mí es la que nos permite reflexionar sobre cuál es la verdadera naturaleza de las cosas, sobre si como seres humanos podemos acceder a la realidad tal como es o solo a un mapa, más o menos ajustado, preciso y funcional, sobre cómo es esta realidad.

Hace más de mil años, en el valle del río Brahmanputra, vivían seis sabios ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era de todos el más sabio.

Un día decidieron conocer lo que era un elefante, cómo era. Tomaron al joven Dookiram como guía, que los adentró en la selva puestos en fila, uno tras otro, asidos a una larga cuerda que los unía. No habían andado mucho cuando de pronto, al adentrarse en un claro luminoso, se encontraron con un gran elefante tumbado sobre su costado apaciblemente. Mientras se acercaban el elefante se incorporó, pero enseguida perdió interés y se preparó para degustar su desayuno de frutas que ya había preparado.

Los seis sabios ciegos estaban llenos de alegría, y se felicitaban unos a otros por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema y decidir cuál era la verdadera forma del animal.

El primero de todos, el más decidido, se abalanzó sobre el elefante preso de una gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas hicieron que su pie tropezara con una rama en el suelo y chocara de frente con el costado del animal.

¡Oh, hermanos míos! –exclamó- yo os digo que el elefante es exactamente como una pared de barro secada al sol.

Llegó el turno del segundo de los ciegos, que avanzó con más precaución, con las manos extendidas ante él, para no asustarlo. En esta posición en seguida tocó un objetos muy largo y puntiagudo, que se curvaba por encima de su cabeza. Era uno de los colmillos del elefante.

¡Oh, hermanos míos! Yo os digo que la forma de este animal es exactamente como la de una lanza curvada… sin duda, esta es.

El resto de los sabios no podían evitar burlarse en voz baja, ya que ninguno se acababa de creer los que los otros decían. El tercer ciego empezó a acercarse al elefante por delante, para tocarlo cuidadosamente. El animal ya algo curioso, se giró hacía él y le envolvió la cintura con su trompa. El ciego agarró la trompa del animal y la resiguió de arriba a abajo notando su forma alargada y estrecha, y cómo se movía a voluntad.

Escuchad queridos hermanos, este elefante es más bien como… como una larga serpiente.

Los demás sabios disentían en silencio, ya que en nada se parecía a la forma que ellos habían podido tocar. Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos que le molestaban. El sabio prendió la cola y la resiguió de arriba abajo con las manos, notando cada una de las arrugas y los pelos que la cubrían. El sabio no tuvo dudas y exclamó:

¡Ya lo tengo! –dijo el sabio lleno de alegría- Yo os diré cúal es la verdadera forma del elefante. Sin duda es igual a una vieja cuerda.

El quinto de los sabios tomó el relevo y se acercó al elefante pendiente de oír cualquiera de sus movimientos. Al alzar su mano para buscarlo, sus dedos siguieron la oreja del animal y dándose la vuelta, el quinto sabio gritó a los demás:

Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano. Y cedió su turno al último de los sabios para que lo comprobara por sí mismo.

El sexto sabio era el más viejo de todos, y cuando se encaminó hacia el animal, lo hizo con lentitud, apoyando el peso de su cuerpo sobre un viejo bastón de madera. De tan doblado que estaba por la edad, el sexto ciego pasó por debajo de la barriga del elefante y al buscarlo, agarró con fuerza su gruesa pata.

¡Hermanos! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera.

Ahora todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera del elefante, y creían que los demás estaban equivocados. Satisfecha así su curiosidad, volvieron a agarrarse a la cuerda y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa.

Una vez sentados bajo la palmera que les ofrecía sombra y les refrescaba con sus frutos, retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante, seguros de que lo que habían experimentado por ellos mismos era la verdadera forma del elefante.

Seguramente todos los sabios tenían parte de razón, ya que de algún modo todas las formas que habían experimentado eran ciertas, pero sin duda todos a su vez estaban equivocados respecto a la imagen real del elefante.

Solemos reír, con cierta condescendencia y cariño, de algunas ocurrencias infantiles. Sabemos que su Lógica de Acción, la manera en la que dan significado o sentido a lo que les ocurre y experimentan, está distorsionada o inacabada por su inmadurez. Y solemos asumir que esto queda solucionado al convertirnos en adultos, que entonces vemos las cosas tal como son, sin distorsiones. Al menos entre los adultos “sanos” y “bien formados”.

¿Pero es esto ciertamente así? ¿Somos seres realmente acabados y completos que perciben con certeza lo que las cosas realmente son cuando alcanzamos la edad adulta?

Sé feliz, P.

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Los monos, la banana y el agua helada

Es esta mi versión de un interesante experimento que se realizó hace más de 40 años (ver referencia abajo) y que conocí hace más de 20 años cuando estudié Psicología en la universidad. Se utilizaron diez simios, una jaula, una banana, una escalera y una mangera de agua helada.

Cinco simios son encerrados en una jaula que contiene una escalera y una banana colgando del techo. En poco tiempo uno de los simios descubre que puede colocar la escalera debajo de la banana para subir por ella y coger la deseada fruta. Cuando lo intenta el investigador conecta una manguera a presión que los rocía, a todos, no solo al osado simio, con agua helada.

Cuando otro mono intenta subir de nuevo el investigador vuelve a conectar la manguera de alta presión y los empapa a todos de nuevo. Tras varios intentos frustrados, todos los simios aprenden que NO debe acercarse a la escalera y NADA de pensar en la banana. Punto.

Entonces el investigador reemplaza a uno de los simios por uno nuevo. Como podemos imaginar más pronto que tarde este nuevo simio localiza la banana y la escalera, yendo a por esta última para conseguir llegar a aquella. Sin embargo, tan pronto como se acerca a la escalera los otros cuatro simios, anticipando lo que vendrá después, saltan sobre él para disuadirlo, a palos naturalmente, de sus “macabras” intenciones.

Y así los investigadores repiten este proceso sustituyendo uno a uno a cada simio que sí recibió la ducha fría a presión. Todos los nuevos simios son golpeados por los otros para que aprenda que NI escalera NI banana. Cuando los investigadores sacan al último simio que recibió el agua fría y el sustituto es “adiestrado” como debe ser por los demás, tenemos que ningún simio tuvo nunca la experiencia de que acercarse a la escalera para subir y coger la banana era castigado con la ducha de agua fría a presión; pero ninguno de ellos siquiera se atreve a acercarse a la escalera.

Si el último preguntara a los demás “¿por qué me golpeáis cuando trato de coger la banana?”, esto se mirarían unos a otros con perplejidad, sin saber muy bien qué decir y finalmente alguno le diría “así es como siempre se han hecho las cosas por aquí”. La norma, una norma difícil de comprender, ya ha sido fijada para mucho tiempo. Y los nuevos simios se aplican, incluso con más diligencia que los cinco iniciales, a hacer respetar esa norma que ya nadie cuestiona.

¿Te suena? ¿Te resulta familiar, salvando las distancias evolutivas? ¿Te has sentido alguna vez como el nuevo simio que llega a la jaula al incorporarse a un nuevo empleo o a un nuevo grupo?

Algunos malpensados creen que es así como se crean las políticas de las empresas. Yo he participado en la creación de unas cuentas y no estoy de acuerdo en que sea así en todos los casos…

Aquí te dejo con un vídeo en inglés que más o menos relata visualmente este experimento.

Sé feliz, P.

Stephenson, G. R. (1967). Cultural acquisition of a specific learned response among rhesus monkeys. In: Starek, D., Schneider, R., and Kuhn, H. J. (eds.), Progress in Primatology, Stuttgart: Fischer, pp. 279-288.
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¿Pared o catedral? La diferencia está en la visión

Construyendo una catedralTrabajo estos días con un cliente que se está certificando como coach profesional y tengo el honor de acompañarle como su coach/mentor en ese proceso. Él es quien me inspira esta entrada. Va a ser un excelente coach porque tiene un gran propósito al que aun le falta plasmar en una poderosa y valiente visión. Y ese es uno de los aspectos en el que estamos trabajando: el secreto para vivir una vida con sentido es el propósito y su plasmación en una poderosa visión.

Cuenta una vieja historia que en una antigua e importante ciudad europea en el medievo había tres hombres trabajando en una obra. Los tres estaban colocando piedras, una tras otra, que iban uniendo con argamasa.

Se acercó un peregrino al primero y tras saludarle le preguntó con curiosidad sobre lo que estaba haciendo. Casi sin mirarlo, incluso algo molesto ante quien pregunta lo obvio, el hombre que estaba trabajando le dijo que estaba poniendo ladrillos.

Se acercó el peregrino a un segundo hombre que estaba trabajando unos metros más allá y con la misma curiosidad, tras saludarlo, también le preguntó sobre qué era lo que estaba haciendo. Este segundo hombre le dijo que estaba levantando una pared.

Aun tuvo curiosidad el peregrino para acercarse al tercer hombre que estaba unos metros más allá y tras saludarle también le pregunto sobre qué era lo que estaba haciendo. Este tercer hombre, miró con entusiasmo al peregrino y le espeto: estoy construyendo una hermosa catedral.

Reflexionemos por un momento en las diferencias entre los tres hombres que estaban trabajando. ¿Qué determina la calidad de su trabajo y, aun más importante, la calidad de su vida. Las competencias o habilidades para el trabajo que están hacienda son bastante básicas y probablemente no sean muy diferentes entre ellos.

También está su actitud. Aunque el primer trabajador parece tener una reacción más desairada hacia el peregrino ello no parece indicar que la actitud hacia su trabajo sea negativa. Una actitud inadecuada en alguno de ellos produciría que se distrajera con facilidad, que se impacientara, que se mostrara descuidado en su tarea o incluso negligente… Pero también podemos asumir, en lo que se nos explica en la historia, que los tres pueden tener una actitud correcta.

Lo que sí queda de manifiesto claramente es su diferente visión de lo que es su trabajo. Y esa visión influye sin duda tanto en la calidad de su trabajo como en la calidad y sentido de su existencia.

¿Cómo aplica esto en nuestras vidas? Sin visión tu vida decae, va a la deriva y deviene reactiva. Por reactiva entendemos que es gobernada por otros, por sus visiones o por sus deseos. Una vida en la que sobrevivimos. ¡Es así de sencillo y brutal!

Una visión vívida y poderosa sobre nuestra vida y trabajo, basada en un propósito que nos aporta sentido, es el secreto para una vida en plenitud. La visión crea una estructura futura donde todas tus acciones encajan, ayudándote a ver cuál sera el resultado de tus esfuerzos. Te aporta motivación, te da energía y hace sostenible en el tiempo tu desempeño. Te ayuda, además, a distinguir entre lo que vale la pena o no.

Y cuando hablamos de organizaciones, una visión compartida por cada miembro de un equipo es clave para la motivación y desempeño de todos ellos. Cuando un equipo sostiene una visión compartida ven los riesgos de construir una catedral mucho menores, mostrando mayor pasión y compromiso que cuando esta visión compartida no existe.

Y cuando las personas ven además que esa visión compartida es además perfectamente compatible o complementaria con sus visiones personales, entonces entramos en el terreno de los incrementos de productividad sostenidos que conducen a niveles elevados de contribución, rendimiento y rentabilidad.

Entonces, tú, en tu vida y en particular en tu trabajo: ¿estás construyendo una pared o una fantástica y maravillosa catedral?

Sé feliz, P.

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