El EGO: principal enemigo del buen liderazgo


Nada puede llegar a ser más debilitante en una organización que un líder con un gran ego. Si trabajas para un líder impulsado por el ego, tu capacidad para adaptarte a ello puede ser llevada a límites desconocidos. En las empresas, los líderes con egos fuera de medida y de control son responsables de enormes pérdidas en productividad y beneficios, así como de tremendos desgastes en términos humanos.

En esta sociedad nuestra que ensalza el centrarse en uno mismo, el egoísmo parece ser una tendencia creciente que a menudo se ve recompensada. Solo hay que ver el enorme ego, la arrogancia y prepotencia de muchos de los líderes que hoy dirigen el destino de algunos países muy importantes.

Sin embargo, si volvemos al terreno de las organizaciones, que es el que mejor conozco, los egos descomunales también están detrás de las dificultades que tienen muchas empresas para fidelizar a los mejores, para hacer las cosas bien, para ganarse la confianza de los clientes y, en definitiva, para disfrutar de prosperidad a largo plazo.

El egoísmo es fácil de detectar, pero sus efectos son difíciles de entender y dimensionar; y sus soluciones son muy desafiantes. Un egoísta es alguien centrado en sí mismo, con poca consideración real por los demás. Es alguien que actúa de modo arrogante o prepotente, creyendo que está por encima de los demás. Los egoístas tienen una desproporcionada y enfermiza creencia sobre su propia importancia.

Ryan Holliday, en su libro, El ego es el enemigo, define el ego como el sentido de superioridad y seguridad que excede los límites de la confianza y el talento. El ego es lo que impulsa a muchos líderes a sobresalir, pero también los precipita hacia el fracaso (así como también el de sus organizaciones).

No es fácil escapar a desarrollar un ego disfuncional. En un mundo donde se prima la ambición personal, con grandes recompensas por el éxito, los grandes egos habitan por doquier. En el ámbito de la alta dirección, más. Cuanto más éxito material consigues en la vida, cuanto más poder y reconocimientos acumulas, cuanto más escalas en la jerarquía organizativa, más vulnerable te vuelves a ser atrapado por tu ego, más puedes distanciarte de los demás y de la verdad.

Para aquellos directivos que anhelan un éxito más equilibrado o completo en su vida, así como poder hacerlo sostenible, el ego es el enemigo interno, quizá el más poderoso e insidioso al que se enfrentarán.

La lucha interna de los líderes con grandes egos.


Para un directivo o cualquier persona en una posición de notable poder, reconocimiento o admiración, los riesgos de un gran ego se multiplican. Una percepción inflada de uno mismo distorsiona la realidad, tanto interna como externamente. En el plano interno:

  • Los egoístas se consideran íntimamente superiores, distintos de los demás.
  • Se sienten con derechos e importantes simplemente porque desean verse así.
  • Tienden a saberlo todo, o al menos no creen que se les pueda enseñar algo relevante, sobre todo aquellos de su entorno más cercano.
  • Tienen una perspectiva basada en el pasado, donde su historial de logros les legitima para llevarlos a donde quieran llegar.

Debido a la necesidad de proteger su sentido de superioridad, los egoístas están desconectados del mundo, con frecuencia ajenos ingenuamente a su funcionamiento. En sus mentes, casi todo se simplifica para ajustarse a sus propias percepciones. Interpretan y reconstruyen la realidad para que se adecue a su ego. Esto implica que los egoístas logran vivir una vida falsa en un mundo falso. Sus numerosos puntos ciegos les conducen a una visión del mundo distorsionada y a comportamientos inapropiados o disfuncionales.

Como no pueden aceptar su responsabilidad cuando las cosas no van bien, los egoístas se resienten con los demás o con los procedimientos, con los procesos o las estructuras que sienten que les han fallado. Pueden llegar a adoptar una cierta manía persecutoria donde juegan el rol de ‘víctima’ ante lo que ven como injusticias. Atrapados en imágenes o pensamientos distorsionados, aumentan aún más su sentido de superioridad para volver a posicionarse psicológicamente ‘donde deben estar’.

Sin querer, inconscientemente, los egoístas ponen una barrera entre ellos y el mundo. Además, sienten que los demás les deben agradecimiento por su valía y por conseguir todo lo que consiguen en beneficio de los demás. Su mentalidad egoísta siempre desea más, no se conforma. Incluso cuando no hay nada en juego, sienten la necesidad compulsiva de ganar, todo el tiempo, siempre a expensas de otros. La comparación es constante.

Dentro de esta cosmovisión autoconstruida, se distinguen con claridad a sí mismos, los merecedores ganadores, de los perdedores. Los egoístas creen ser el centro de los pensamientos y críticas de los demás. Se sienten siempre envidiados y siempre juzgados, por lo que suelen mostrar también diversos comportamientos defensivos, desconsiderados y hasta temerarios.

En la siguiente entrada compartiré las consecuencias externas de las personas con un gran ego. Y en la tercera y última de esta serie me atreveré a compartir recomendaciones basadas en mi experiencia trabajando con directivos con un fuerte ego para apoyarles en su mejora.

Cuídate, P.

En esta serie, ver también:
Los daños externos del un EGO desproporcionado