El sutil arte de que (casi todo) te importe una mi*rda

Leí este libro de Mark Manson hace un par de meses por recomendación de un amigo. Me dijo que Manson es un irreverente estoico del siglo XXI y que me iba a gustar. Estoy de acuerdo con ambas afirmaciones y de hecho a los pocos días de su lectura vi que Manson ha publicado la segunda parte de este libro que ya he comprado y que caerá este verano.

Portada del libro El sutil arte de que (casi todo) te importe una mi*rda de Mark MansonLa tesis de Manson es que los libros de autoayuda y las recomendaciones generales para una buena vida se enfocan en llegar a ser felices. Ello parte del supuesto de que no lo somos; o al menos no lo suficiente. Debemos cambiar algo para alcanzar la felicidad tal como merecemos o deseamos.

Paradójicamente, el anhelo de tener mejores experiencias positivas en la vida es en sí una experiencia negativa que nos hace infelices. De ahí que Manson diga que el secreto para vivir es sencillo: deja de intentar ser (más) feliz. Acepta tus inseguridades y limitaciones, aprende a vivir con ellas, y desarrollarás más valentía y perseverancia. Intentar evitar el sufrimiento o malestar es una forma de sufrimiento y malestar.

Se trata de aprender a seleccionar y escoger aquello que es importante para ti, no para la convención dominante, ignorando todo lo demás. Ello no implica ser indiferente a todo, lo que por cierto también es una crítica infundada al Estoicismo, sino que es mejor escoger aquello que es realmente importante para ti, y superar la adversidad en beneficio de tus propios valores.

El problema con la felicidad

Perseguir la fórmula de la felicidad es una trampa. La insatisfacción y las dificultades son elementos intrínsecos y necesarios de la vida. Biológicamente estamos hechos para sentir insatisfacción y superar dificultades. Estas nos enseñan lo que es bueno y malo, nos permiten avanzar, progresar. Le dan sentido a nuestra existencia. Si quieres arruinarle la vida a un niño, a un ser humano, elimínale todas las dificultades.

Perseguir vivir una vida libre de dificultades no solo es ingenuo, sino que nos impide aprovechar los beneficios de dosis saludables de dolor. Los problemas nunca desaparecen. Como mucho, van cambiando. No anheles tener una vida libre de problemas, sino una vida llena de buenos problemas.

Todo lo valioso requiere sacrificio. Experimentar momentos de felicidad requiere esfuerzo y lucha. Pero es así como funciona la felicidad. Sobre todo, si aquello por lo que nos esforzamos está conectado a nuestros valores.

Si deseas tener un cuerpo sano y en forma, deberás escoger comprometerte con horas de gimnasio (¡no tantas!) y con la mejora de tu alimentación. Si quieres ser un emprendedor de éxito, deberás asumir riesgos, incertidumbre y muchas horas de dedicación a un proyecto que puede no funcionar.

No vale la pena vivir una vida sin dolor, sin sacrificio. Es mejor preguntarse cuál es el dolor por el que vale la pena vivir. ¿Por qué estás dispuesto a pelear y pasarlo mal?

Autoestima y felicidad
Autoestima

En los 70, el desarrollo de la autoestima se hizo popular en psicología. Pero enseñar a los niños que son especiales y únicos solo crea adultos inmaduros que se creen con derecho a todo. Y esa creencia no crea bienestar, sino frustración, victimización, impotencia y hasta resentimiento. Personas así no pueden responsabilizarse de sus problemas, de su vida.

Una persona con autoestima real puede ver sus características negativas, las reconoce, las asume y actúa para mejorarlas. Tomar consciencia de que uno y sus problemas no son especiales es el primer paso, el más importante, para enfocarse en resolverlos.

Empecemos por asumir que todos somos bastante promedio en la mayoría de las cosas que hacemos. En una sociedad globalizada, los medios nos muestran con facilidad todo lo extraordinario, lo mejor de lo mejor y lo peor de lo peor. Sin embargo, la mayor parte de nosotros no tenemos una vida extraordinaria en el sentido literal de término (por supuesto que es única para nosotros, porque es la única que vamos a vivir), sino que tenemos una vida promedio.

Como solo vemos los extremos, pensamos que debemos ser excepcionales. Y debido a que la mayoría de las veces estamos en el promedio, tendemos a sentirnos inseguros e insuficientemente capaces; no estamos a la altura del listón poco realista que nos marcamos.

En vez de reflexionar e indagar sobre lo que merecemos o no merecemos, nos sentimos con derecho a tener una vida extraordinaria (aunque si todos tuviéramos esa vida extraordinaria, por definición ya no sería tan extraordinaria).

Una vez que admites y aceptas que está bien ser promedio, la presión desaparece. Veo a muchos ejecutivos en las empresas con las que trabajo sufriendo en silencio por el estrés y la ansiedad de sentirse siempre sobrevalorados, necesitando mostrar constantemente que uno merece lo que tiene, que están a la altura.

Cuando aceptas y admites que está bien ser promedio, realizando un trabajo competente y aportando valor, ese estrés y ansiedad decrece, pudiendo llegar a desaparecer. Aprendes a valorar las cosas normales en la vida: la compañía de una sencilla amistad, el crear y disfrutar con el arte, el pasear en naturaleza, la lectura de un buen libro… Cosas que realmente aportan placer y te hacen sentir feliz.

sufrimiento y felicidad

Sufrimiento

Si aceptamos que cierto nivel de sufrimiento es inevitable, entonces debemos preguntarnos sobre el propósito de nuestro sufrimiento. De nuevo, es un ejercicio de autoconsciencia.

La autoconsciencia empieza con la comprensión de nuestras emociones. ¿Por qué sentimos ciertas emociones? ¿Qué las desencadena? ¿Por qué considero esto o aquello como un éxito o un fracaso? ¿Cómo elijo medirme o juzgarme a mí mismo?

De nuevo se trata de tener claridad sobre nuestros valores más profundos. Evitar que inconscientemente estos sean dictados por los demás, por la convención social, y elegir aquellos que nos hagan sentir mejor, que nos lleven a ser una mejor persona. Quizá ahora puedas estar pensando que tus valores los has definido tú. Si es así, piensa también cuántas veces te comparas con otras personas para decidir si vas bien o no en algo.

Si deseas cambiar la forma en la que ves las cosas, deberás seleccionar tus propios valores fundamentales con mucho cuidado. Algunos valores crean problemas irresolubles, situaciones neuróticas crónicas.

Por ejemplo, querer una vida siempre placentera, alcanzar éxito material mediante la acumulación de bienes o el reconocimiento de los demás, estar siempre en posesión de la verdad, desear que los demás reaccionen como deseas, exigir/se que las cosas sean perfectas, exigir/se ser siempre los primeros, ser siempre positivo (negando la existencia de problemas, de la decepción como emoción…). Estos valores, más presentes de lo que creemos en nuestra sociedad (y en cada uno de nosotros), son generadores de sufrimiento, de tensión en las relaciones y de frustración incontrolada y sin fin.

Algunos valores buenos son la honestidad, el respeto hacia los demás y por uno mismo, la innovación, la curiosidad, la aceptación… Fíjate que mejorar en todos ellos está al alcance de cualquiera, depende de nosotros.

Los valores buenos son: a) basados en la realidad; b) contribuyen socialmente; c) controlables por uno mismo. Los malos valores, por tanto, son: a) irreales; b) socialmente destructivos; c) no controlables.

Elección y felicidad

Elegir

No siempre podemos controlar lo que nos sucede, pero siempre podemos controlar cómo interpretamos lo que nos sucede y cómo respondemos. Cuanto más decidamos aceptar la responsabilidad en nuestras vidas, más poder ejerceremos sobre nuestras vidas.

Hay una diferencia entre culpa y responsabilidad. La culpa viene de elecciones ya realizadas. La responsabilidad viene de las elecciones que haces cotidianamente. Es cierto que a algunas personas le tocan mejores cartas en la vida, pero el juego real depende de lo que elijes hacer con las cartas que te han tocado.

Las personas que toman las mejores decisiones son las que consiguen que les vaya mejor y no son necesariamente aquellas con supuestas mejores cartas.

aceptar los errores y felicidad

Estar equivocado

Cuando aprendemos algo nuevo, no pasamos de estar ‘equivocados’ a estar ‘en lo cierto’. Pasamos de estar equivocados a estar algo menos equivocados. Nunca hay una respuesta ‘correcta’, pero podemos intentar acercarnos lo más posible. Porque estar equivocado, aunque solo sea un poco, abre posibilidades de cambio y crecimiento.

El cerebro humano es imperfecto. La mayor parte de lo que ‘sabemos’ está retorcido por las inexactitudes y sesgos de nuestro cerebro. Por lo tanto, lo creas o no, la mayoría de nuestras creencias están equivocadas.

Cuanto más puedas aceptar el no estar seguro, la incertidumbre y el no saber, más fácil podrás acceder a saber lo que aún no sabes. La incertidumbre es la raíz de todo progreso y crecimiento. Cuanto más admitimos que no sabemos, más podemos aprender.

Personalmente, lo que más me inquieta de tener que defender una determinada idea es que esta se convierte casi en verdad absoluta para mí y me impide estar abierto a otras ideas, a otras perspectivas y aprendizajes.

Es muy difícil cuestionar y dudar de nuestras ideas y creencias. Estas preguntas pueden ayudar: a) ¿y si estuviera equivocado?; b) ¿en qué podría estar equivocado?; c) ¿qué implicaría estar equivocado?; d) ¿estar equivocado sería peor o mejor que la situación actual que quiero resolver?

Fallar y felicidad

Fallar

Sin fracaso, no podemos crecer. Cuando un niño aprende a caminar, se caerá cientos de veces, pero nunca se rendirá ni pensará: ‘vaya, nunca lo conseguiré’.

Aprendemos a evitar el fracaso en un momento posterior de la vida. El perfeccionismo nos hace difícil aceptar que fallamos, nos aleja incluso de intentarlo. Si no estamos dispuestos a fallar, entonces no estamos dispuestos a tener éxito. El dolor es parte del proceso. A menudo, nuestro dolor nos hace más fuertes, más resistentes y más enraizados.

Muchas personas intentan anestesiar o negar su propio dolor ante la posibilidad de fallar. Sin embargo, es mucho mejor abrazar el dolor y actuar a pesar de ello. Empieza y haz algo, cualquier cosa. Si tu objetivo es hacer algo, entonces cualquier resultado será un éxito y el fracaso carece de importancia.

Decir no y felicidad

Decir No

Muchos creemos que debemos ser lo más aceptables posible. Sin embargo, si no rechazamos nada, entonces no representamos nada, no defendemos o proponemos nada.

La felicidad, el vivir con sentido, implica proponer algo, defender algo, y para eso debes rechazar algunas alternativas. Elegir un valor significa que debes rechazar otros valores. Así, el rechazo es una dimensión necesaria para mantener la integridad con nuestros valores, para definir y reforzar nuestra identidad. El rechazo es crucial para la vida.

Los límites son algo esencial en cualquier relación. Para que esta sea saludable, ambas personas deben estar dispuestas a decir no y a escuchar no.

Más no implica que algo sea mejor. Con frecuencia, somos más felices con menos. Hay libertad y liberación cuando te comprometes con algo. Decir no te ayuda a afinar tu atención y a enfocarte en las cosas que más te importan. Ayuda a saber que lo que ya tienes es suficientemente bueno.

Decir no es liberador. Debemos decir no a todo aquello que no se alinea con nuestros valores y con las métricas que hemos elegido para nuestra vida. Al final, todos morimos. Y ello implica, también de modo liberador, que la mayor parte de las cosas no importan demasiado. No perdamos tiempo (pre)ocupándonos por cosas que no nos aportan bienestar o plenitud.

Nuestra cultura nos dice que debemos lograr algo grande para ser grandes. Pero la realidad es que ya somos grandes, ordinarios, pero grandes. Es un milagro estar vivo, es algo único, y no necesitas alcanzar nada para sentirte único. Eres grande porque puedes elegir entre aquello a lo que le das importancia y aquello a lo que no. Nadie debería renunciar a esa libertad intrínseca al ser humano. No lo hagas tú.

Cuídate, P.