Libérate de ‘la escalera de inferencia’

Libérate de la escalera de la inferencia¿Te has quedado alguna vez perplejo por el modo en que alguien ha interpretado algo que dijiste o hiciste, dándole un sentido que nunca llegaste a pensar? ¿Te has molestado alguna vez por los comentarios o acciones de otra persona concluyendo, precipitadamente, que querían hacerte daño? Si eres de este planeta debes haber contestado que sí a ambas preguntas y entonces has experimentado lo que es ‘la escalera de inferencia’. Uno de los mayores destructores de relaciones del mundo que Chris Argyris acuño en los años 70 del siglo pasado.

Te invito a leer el siguiente relato:

Dos vecinos que eran buenos amigos decidieron comprar a sus hijos sendas mascotas. Uno compró un conejo, mientras que el otro compró un cachorro de pastor alemán. El primero protestó pensando que el perro se comería a su conejo, pero el otro objetó diciendo que, al ser ambos cachorros, crecerían juntos y llegarían a hacerse amigos. Y así fue. Era normal ver al conejo jugando en el patio del perro y al revés.

Un día, el dueño del conejo fue a pasar un fin de semana en la playa con su familia. El domingo por la mañana, el dueño del perro y su familia tomaban el desayuno, cuando entró el pastor alemán a la cocina. Traía el conejo entre los dientes, muerto y todo sucio de tierra.

La primera reacción fue culpar al perro, enojarse con él y castigarlo. En pocas horas llegarían los vecinos ¿Qué les iba a decir? Lo primero que se le ocurrió fue bañar al conejo y dejarlo bien limpio por lo menos para que los niños pudieran despedirse de él. Y así lo hicieron y lo dejaron en su casita del patio. Apenas llegaron los vecinos, oyeron a los niños gritar y uno de ellos fue corriendo hasta la casa cercana para contar lo que había sucedido: “!El viernes antes de irnos el conejo se murió y lo enterramos y ahora al volver lo encontramos nuevamente en su casita!”.

El perro cargó con toda la culpa por algo que no había hecho. Imagino al pobre perro, desde el viernes buscando en vano a su amigo de la infancia. Después de mucho olfatear, descubrió su cuerpo muerto y enterrado. ¿Qué hizo? Probablemente con el corazón partido, desenterró a su amigo y fue a mostrárselo a sus dueños, imaginando que ellos lo podrían ‘arreglar’. Sin embargo la historia que construyó su dueño fue una muy diferente.

Y esta historia pone de manifiesto ese proceso humano que ocurre muy frecuentemente, que suele ser inconsciente, llamado ‘la escalera de inferencia’:

  1. Hago observaciones de datos y experiencias (las registro como si fuera una cámara de vídeo).
  2. Selecciono los datos de lo que observo. Filtro de acuerdo a mis creencias, suposiciones, modelos mentales…
  3. Añado significados nuevos, basados en lo mismo que el paso anterior.
  4. Hago más presunciones basadas en la información filtrada y los significados añadidos
  5. Saco conclusiones, que me llevan a reforzar mis creencias, suposiciones, modelos mentales… y me llevan a adoptar cierta visión del mundo que para mí es real, objetiva.
  6. Tomo acciones, decisiones, basadas en mi visión ‘objetiva’ del mundo.

Este proceso suele tener un impacto negativo en nuestras relaciones con los demás y es uno de los mayores destructores de felicidad en el mundo. Y paradójicamente cuanto más libre te creas de él, más vulnerable eres realmente.

¿Cómo se puede evitar? Primero siendo conscientes de que es un proceso humano, inherente a nuestro modo de ser. Siempre vamos a hacer inferencias de lo que otros dicen o hacen, basadas en nuestra experiencia pasada.

Si no utilizáramos nuestra experiencia para interpretar el mundo estaríamos completamente perdidos. Nadie podría hacer algo tan necesario como aprender de la experiencia.

La clave es, de nuevo, ser consciente de las limitaciones de nuestras inferencias basadas en la experiencia, evitando y contrastando las suposiciones que hacemos sobre el comportamiento de los demás. Y también puede ser útil contrarrestar conscientemente esta ‘escalera de inferencia’ con ‘la consideración positiva incondicional’.

Cuídate, P.