Liderazgo estoico en las Meditaciones de Marco Aurelio

Liderazgo estoico en las Meditaciones de Marco AurelioEn esta segunda entrega sobre mi experiencia al leer las Meditaciones de Marco Aurelio me enfoco más en lo que considero algunos retazos de la perspectiva más estoica de estas reflexiones, que personalmente considero muy atractiva, estimulante e inspiradora como filosofía de vida ante los sinsabores que indudablemente esta nos ofrece con regularidad.

‘No desprecies la muerte, sino considérala sin sobresalto y como una de las obras de la Naturaleza. Si es un hecho natural el llegar a la adolescencia y envejecer luego, el crecer y adquirir la plenitud de las fuerzas, el tener dientes, más tarde barba y finalmente cabellos blancos, el procrear, el llevar un niño en su seno, y después darle a luz; en una palabra: el pasar por todas las condiciones y todas las fases de la vida, también es un hecho semejante el caer en la nada’.

¡Me encanta este estoicismo y serena resignación! La muerte, uno de los temas tabú, nos asusta y no es posible evitarla. La muerte la contempla Marco Aurelio como una etapa más de la vida, ni más ni menos. Etapa que además siempre llega aunque no sabemos cuándo. Francamente, hoy que en promedio vivimos bastante más que en el siglo II d.C., a mí me inquieta y asusta más el deterioro serio físico y sobre todo mental que la muerte en sí.

Cuando se trata de la muerte, el hombre reflexivo no debe mostrar ni temor, ni indignación, ni desdén; al contrario, debe esperarla como otra obra más de la Naturaleza. Así como aguardas pacientemente el hijo que tu mujer lleva en su seno, acepta de igual modo y con resignación la hora en que el alma se escapa de su envoltura. Y si quieres aún otro consejo reconfortante aunque vulgar, si quieres hallar casi una satisfacción en la muerte, echa una ojeada entre los objetos de los que va a librarte, hacia las malas costumbres con que tu alma dejará de estar en contacto. No obstante, no debe uno irritarse contra los malvados; es necesario soportarlos con benevolencia y hasta interesarse por ellos; sin embargo, has de tener presente que la muerte, al arrancarte de una sociedad de individuos que no tienen los mismos principios que tú, es para ti más bien una redención.’

Este es un párrafo diferente de la obra de Marco Aurelio, donde reitera de nuevo la aceptación serena del óbito. Y sin perder la alegría de vivir, la pasión por el porvenir, también me parece magistral por la ironía luminosa con la que nos presenta la muerte como un alivio, como una liberación.

Cuando alguno te haya ofendido por su descaro, pregúntate inmediatamente: «¿es posible que en el mundo no haya imprudentes? No; eso no es posible». No pidas, pues, lo imposible. Ese hombre es uno de esos imprudentes que necesariamente debe tener el mundo. En cuanto al trapacero, al traidor, en una palabra, al culpable, cualquiera que sea, hazte la misma reflexión. Acordándote de que es imposible que no existan gentes de esa especie, tendrás más indulgencia para cada uno de ellos. Es también de gran utilidad preguntarte, en primer lugar, qué virtud la Naturaleza ha dado al hombre para defenderse contra las faltas ajenas. Le ha dado, en efecto, la dulzura como preservativo contra la brutalidad y, por decirlo así, diversos antídotos, unos contra un defecto, otros contra otro. Después de todo, solo de ti depende poner en buen camino a quien está extraviado. Pues todo hombre que falta a su deber yerra el objeto de su vida: se ha equivocado de camino. Además, ¿en qué te ha podido perjudicar la ofensa? Piensa, y encontrarás que ninguno de los que han provocado tu indignación ha podido, a pesar de todo, alterar las cualidades de tu alma; y solo en eso consiste el verdadero mal y el daño.’

Para qué molestarnos con las chanzas de los demás, con sus invectivas o su falta de competencia. Todo ello es inevitable y disgustarnos o perder energía por ello es una debilidad de nuestro carácter. Nadie, sin tu ayuda, puede alterar las cualidades de tu alma, de tu esencia. ¡Puro estoicismo! Y continúa en esta línea con esta siguiente reflexión.

¿Qué mal hay para ti o qué hay de extraño en que un hombre sin educación se comporte como el que no la tiene? Ten cuidado de no tener, más bien, que reprocharte a ti mismo el no haber esperado de tal hombre tal ofensa. Era una cosa probable; la luz de tu razón debía hacértelo presumir; sin embargo, por no haber pensado te extrañas de su falta. Sobre todo, cuando tienes que quejarte de la perfidia de un hombre o de su ingratitud, lanza una mirada sobre ti mismo. Pues, sin duda, falta tuya es haber creído que un hombre sin fe sería fiel, o haber tenido, al hacer el bien, otro objeto que hacerlo y gustar en el momento mismo todo el fruto de tu buena acción. Has prestado servicio a un hombre; está bien; ¿qué más quieres? ¿No te es suficiente haber obrado conforme a tu naturaleza? ¿Necesitas que te paguen? Es como si el ojo pidiese una recompensa porque ve, o los pies porque marchan.

Como ya apunté en la entrada anterior, insiste en que el único reconocimiento al que debemos aspirar por realizar el bien, lo que es propio de nuestra naturaleza humana, es precisamente el íntimo y personal reconocimiento de haber obrado conforme a esa naturaleza.

‘Cuando te hayas dejado conceder los adjetivos de bueno, modesto, sincero, prudente, paciente, magnánimo, procura no merecer todos los contrarios, y si llegaras a perder el derecho a tan lisonjeros calificativos, trata de recuperarlos cuanto antes. Pero no olvides que la palabra prudencia significa para ti la costumbre de examinar cuidadosamente y sin distracción la naturaleza de cada objeto; la paciencia, la conformidad espontánea a todo cuanto la naturaleza común te da en su reparto; la magnanimidad, la elevación del alma por encima de todas las impresiones agradables o desagradables de la carne, de la vanagloria, de la muerte y de todas las demás. (…) Luego si te esfuerzas por merecer estos títulos, sin desear que los otros te los concedan, entonces cambiarás por completo y conseguirás una nueva vida; porque permanecer lo mismo que hasta aquí, continuar esta existencia en que el alma se deja hostigar y envilecer, es ser un insensato y vil esclavo de la vida.

Destaco de este párrafo de arriba el que Marco Aurelio nos dice que aunque nuestra naturaleza sea virtuosa no es siempre fácil mantener nuestro comportamiento alineado con las virtudes. Y por ello nos anima a ser observantes de nuestro actuar y volver a la virtud cuando la perdamos, porque ese es el secreto de una buena vida en libertad. Y también sugiere que ese camino, el de la observancia de las virtudes, el de la mejora personal ajustada a nuestra naturaleza no se acaba durante nuestra breve existencia.

No hay ningún hombre que al morir pueda alardear de no tener alguien cerca de él que se alegre de este funesto acontecimiento. Que este sea un hombre virtuoso y sabio, ¿no encontrará alguien que, al verle en su última hora, dirá: «por fin vamos a respirar, desembarazados de este moralista»? «Es verdad que no era riguroso para ninguno de nosotros, pero veíamos bien que en su fuero interno nos condenaba». Esto tratándose de un hombre justo. Respecto a nosotros, ¡cuántos más motivos hacen desear a muchas personas verse libres de nosotros! (…) Sin embargo, no por eso te vayas enfadado con ellos; sino, como siempre, continúa dándoles pruebas de afección, de benevolencia, de indulgencia, no les abandones tampoco como si te arrancaran de esta vida.

Y aquí reflexiona sobre la inevitabilidad de que los demás, algunos, nos critiquen, nos envidien y nos deseen el mal. Ni siquiera nos libra de ello el alcanzar la muerte, que es cuando más elogios suele recibir el ser humano. Y por tanto, ¿por qué ocuparse en vida por caer a todos bien, por gustar a todos, por que todos hablen bien de uno, como les pasa a tantos líderes en las empresas? ¿Por qué sentirnos mal cuando no obtenemos ese reconocimiento de los demás?

Hasta aquí solo un brevísimo extracto de este libro compuesto por 12 (breves) libros con que nos obsequió hace más de 1.800 años el gran Marco Aurelio. Personalmente le estoy muy agradecido por todo lo que me ha aportado y sé que volveré a él regularmente en busca de solaz y amparo.

Sé feliz, P.

Otras entradas de la serie
Sobre el cambio, la muerte y la brevedad de la vida
No malgastes tiempo en reflexionar sobre cómo debe ser un buen líder. Selo.
Estoicismo para líderes cotidianos: desarrollo del carácter sereno
Principios del liderazgo estóico
Liderazgo en las Meditaciones de Marco Aurelio

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Liderazgo estoico en las Meditaciones de Marco Aurelio

Liderazgo estoico en las Meditaciones de Marco AurelioEn esta segunda entrega sobre mi experiencia al leer las Meditaciones de Marco Aurelio me enfoco más en lo que considero algunos retazos de la perspectiva más estoica de estas reflexiones, que personalmente considero muy atractiva, estimulante e inspiradora como filosofía de vida ante los sinsabores que indudablemente esta nos ofrece con regularidad.

‘No desprecies la muerte, sino considérala sin sobresalto y como una de las obras de la Naturaleza. Si es un hecho natural el llegar a la adolescencia y envejecer luego, el crecer y adquirir la plenitud de las fuerzas, el tener dientes, más tarde barba y finalmente cabellos blancos, el procrear, el llevar un niño en su seno, y después darle a luz; en una palabra: el pasar por todas las condiciones y todas las fases de la vida, también es un hecho semejante el caer en la nada’.

¡Me encanta este estoicismo y serena resignación! La muerte, uno de los temas tabú, nos asusta y no es posible evitarla. La muerte la contempla Marco Aurelio como una etapa más de la vida, ni más ni menos. Etapa que además siempre llega aunque no sabemos cuándo. Francamente, hoy que en promedio vivimos bastante más que en el siglo II d.C., a mí me inquieta y asusta más el deterioro serio físico y sobre todo mental que la muerte en sí.

Cuando se trata de la muerte, el hombre reflexivo no debe mostrar ni temor, ni indignación, ni desdén; al contrario, debe esperarla como otra obra más de la Naturaleza. Así como aguardas pacientemente el hijo que tu mujer lleva en su seno, acepta de igual modo y con resignación la hora en que el alma se escapa de su envoltura. Y si quieres aún otro consejo reconfortante aunque vulgar, si quieres hallar casi una satisfacción en la muerte, echa una ojeada entre los objetos de los que va a librarte, hacia las malas costumbres con que tu alma dejará de estar en contacto. No obstante, no debe uno irritarse contra los malvados; es necesario soportarlos con benevolencia y hasta interesarse por ellos; sin embargo, has de tener presente que la muerte, al arrancarte de una sociedad de individuos que no tienen los mismos principios que tú, es para ti más bien una redención.’

Este es un párrafo diferente de la obra de Marco Aurelio, donde reitera de nuevo la aceptación serena del óbito. Y sin perder la alegría de vivir, la pasión por el porvenir, también me parece magistral por la ironía luminosa con la que nos presenta la muerte como un alivio, como una liberación.

Cuando alguno te haya ofendido por su descaro, pregúntate inmediatamente: «¿es posible que en el mundo no haya imprudentes? No; eso no es posible». No pidas, pues, lo imposible. Ese hombre es uno de esos imprudentes que necesariamente debe tener el mundo. En cuanto al trapacero, al traidor, en una palabra, al culpable, cualquiera que sea, hazte la misma reflexión. Acordándote de que es imposible que no existan gentes de esa especie, tendrás más indulgencia para cada uno de ellos. Es también de gran utilidad preguntarte, en primer lugar, qué virtud la Naturaleza ha dado al hombre para defenderse contra las faltas ajenas. Le ha dado, en efecto, la dulzura como preservativo contra la brutalidad y, por decirlo así, diversos antídotos, unos contra un defecto, otros contra otro. Después de todo, solo de ti depende poner en buen camino a quien está extraviado. Pues todo hombre que falta a su deber yerra el objeto de su vida: se ha equivocado de camino. Además, ¿en qué te ha podido perjudicar la ofensa? Piensa, y encontrarás que ninguno de los que han provocado tu indignación ha podido, a pesar de todo, alterar las cualidades de tu alma; y solo en eso consiste el verdadero mal y el daño.’

Para qué molestarnos con las chanzas de los demás, con sus invectivas o su falta de competencia. Todo ello es inevitable y disgustarnos o perder energía por ello es una debilidad de nuestro carácter. Nadie, sin tu ayuda, puede alterar las cualidades de tu alma, de tu esencia. ¡Puro estoicismo! Y continúa en esta línea con esta siguiente reflexión.

¿Qué mal hay para ti o qué hay de extraño en que un hombre sin educación se comporte como el que no la tiene? Ten cuidado de no tener, más bien, que reprocharte a ti mismo el no haber esperado de tal hombre tal ofensa. Era una cosa probable; la luz de tu razón debía hacértelo presumir; sin embargo, por no haber pensado te extrañas de su falta. Sobre todo, cuando tienes que quejarte de la perfidia de un hombre o de su ingratitud, lanza una mirada sobre ti mismo. Pues, sin duda, falta tuya es haber creído que un hombre sin fe sería fiel, o haber tenido, al hacer el bien, otro objeto que hacerlo y gustar en el momento mismo todo el fruto de tu buena acción. Has prestado servicio a un hombre; está bien; ¿qué más quieres? ¿No te es suficiente haber obrado conforme a tu naturaleza? ¿Necesitas que te paguen? Es como si el ojo pidiese una recompensa porque ve, o los pies porque marchan.

Como ya apunté en la entrada anterior, insiste en que el único reconocimiento al que debemos aspirar por realizar el bien, lo que es propio de nuestra naturaleza humana, es precisamente el íntimo y personal reconocimiento de haber obrado conforme a esa naturaleza.

‘Cuando te hayas dejado conceder los adjetivos de bueno, modesto, sincero, prudente, paciente, magnánimo, procura no merecer todos los contrarios, y si llegaras a perder el derecho a tan lisonjeros calificativos, trata de recuperarlos cuanto antes. Pero no olvides que la palabra prudencia significa para ti la costumbre de examinar cuidadosamente y sin distracción la naturaleza de cada objeto; la paciencia, la conformidad espontánea a todo cuanto la naturaleza común te da en su reparto; la magnanimidad, la elevación del alma por encima de todas las impresiones agradables o desagradables de la carne, de la vanagloria, de la muerte y de todas las demás. (…) Luego si te esfuerzas por merecer estos títulos, sin desear que los otros te los concedan, entonces cambiarás por completo y conseguirás una nueva vida; porque permanecer lo mismo que hasta aquí, continuar esta existencia en que el alma se deja hostigar y envilecer, es ser un insensato y vil esclavo de la vida.

Destaco de este párrafo de arriba el que Marco Aurelio nos dice que aunque nuestra naturaleza sea virtuosa no es siempre fácil mantener nuestro comportamiento alineado con las virtudes. Y por ello nos anima a ser observantes de nuestro actuar y volver a la virtud cuando la perdamos, porque ese es el secreto de una buena vida en libertad. Y también sugiere que ese camino, el de la observancia de las virtudes, el de la mejora personal ajustada a nuestra naturaleza no se acaba durante nuestra breve existencia.

No hay ningún hombre que al morir pueda alardear de no tener alguien cerca de él que se alegre de este funesto acontecimiento. Que este sea un hombre virtuoso y sabio, ¿no encontrará alguien que, al verle en su última hora, dirá: «por fin vamos a respirar, desembarazados de este moralista»? «Es verdad que no era riguroso para ninguno de nosotros, pero veíamos bien que en su fuero interno nos condenaba». Esto tratándose de un hombre justo. Respecto a nosotros, ¡cuántos más motivos hacen desear a muchas personas verse libres de nosotros! (…) Sin embargo, no por eso te vayas enfadado con ellos; sino, como siempre, continúa dándoles pruebas de afección, de benevolencia, de indulgencia, no les abandones tampoco como si te arrancaran de esta vida.

Y aquí reflexiona sobre la inevitabilidad de que los demás, algunos, nos critiquen, nos envidien y nos deseen el mal. Ni siquiera nos libra de ello el alcanzar la muerte, que es cuando más elogios suele recibir el ser humano. Y por tanto, ¿por qué ocuparse en vida por caer a todos bien, por gustar a todos, por que todos hablen bien de uno, como les pasa a tantos líderes en las empresas? ¿Por qué sentirnos mal cuando no obtenemos ese reconocimiento de los demás?

Hasta aquí solo un brevísimo extracto de este libro compuesto por 12 (breves) libros con que nos obsequió hace más de 1.800 años el gran Marco Aurelio. Personalmente le estoy muy agradecido por todo lo que me ha aportado y sé que volveré a él regularmente en busca de solaz y amparo.

Sé feliz, P.

Otras entradas de la serie
Sobre el cambio, la muerte y la brevedad de la vida
No malgastes tiempo en reflexionar sobre cómo debe ser un buen líder. Selo.
Estoicismo para líderes cotidianos: desarrollo del carácter sereno
Principios del liderazgo estóico
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